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lunes, 21 de noviembre de 2011

El easy-way (o camino ancho).

"Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios". Hechos 14:22.

De entre muchas mentiras que he escuchado en torno a la vida del cristiano, es que es fácil, o peor aun, que "debiera" ser fácil. Y me atrevo a emitir un juicio tan firme, porque me resulta indignante que más y más líderes y predicadores, sigan presentando un Evangelio a la más descarada versión del "easy-way"; y la realidad del caso, es que jamás fuimos llamados a ser la elite acomodada y pedante de la sociedad, sino a ser Hijos de corazón humilde.
La palabra, a través de íconos teológicos como lo fueron los apóstoles, nos dejan claro un mensaje: "bienaventurados aquellos que sufren a causa del Evangelio..."; tal mensaje me lleva a cuestionarme: ¿A caso somos superiores a aquellos grandes hombres como para adquirir una actitud soberbia e ir por el mundo proclamando que el camino "debe ser" fácil? Ahora, a quienes exponen la verdad de Dios a la luz de las escrituras se les llama "Legalistas", "cuadrados" y hasta "anticuados"; mientras a aquellos que montan un espectáculo de emociones y palabras huecas y humanas, se les llama "ungidos". Y en este punto se cumple la palabra que nos anuncia que a lo bueno llamarán malo, y a lo malo bueno.
No pretendo que las personas que leen esto cambien de opinión, simplemente que nos sumerjamos en la palabra de Dios, si es que nos interesa Dios, y que aprendamos a vivir coherentemente con la fe que predicamos. Dios te bendiga.

martes, 15 de noviembre de 2011

Intimidad: ¿realidad o falacia?

"he aquí, Tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender Sabiduría" Salmos 61:6.

En lo personal, las experiencias más maravillosas que he vivido con Dios han sido en secreto, en lo íntimo; son cosas que sólo Él y yo conocemos, situaciones que alguna vez vivimos en la intimidad, en los instantes en donde he podido alejarme del universo y construir un mundo paralelo en donde sólo estamos dos: Dios y yo.
Creo que hasta este punto, mucha gente me dará la razón, pero, ¿qué hay de la constancia con que nos damos la oportunidad de experimentar momentos de intimidad? Ayer por la tarde, mientras escuchaba las noticias camino a mi casa, una cifra me alarmó terriblemente: en México, el 60% de los matrimonios que viven juntos, no tienen relaciones íntimas. Y, digo, me alarmó, porque si trazamos un paralelo entre lo que es el matrimonio y nuestra relación con Dios, encontramos similitudes, y tristemente, muchos de nosotros tenemos relaciones secas, frías e insípidas con Dios; nos conformamos con un día de iglesia, abrir la biblia de vez en vez (para no perder la costumbre...), y levantar una oración cuadrada (que de tan monotizada que tenemos, se ha convertido en rezo).
Y mientras tanto, Dios nos sigue llamando cada día, sigue buscando la oportunidad de encontrarnos en el momento íntimo, hablarnos y mostrarnos su Sabiduría. Termino con una pregunta ¿Cuándo fue la última vez que estuviste a solas con Él? Si no sabes la respuesta, debes saber que tienes un problema. La gente -especialmente los cristianos- vive momentos de soledad, abandono, y aislamiento, sin saber que todo esto es resultado de nuestro alejamiento íntimo con Dios, de vivir con Él sin Vivirlo.
Nunca es tarde para reavivar la llama de la pasión, mientras haya vida, habrá una nueva oportunidad. Dios te bendiga.

sábado, 16 de julio de 2011

La teoría del caos.

Comienzo esta entrada con una frase que ha sido trascendental para mi vida, y que, sinceramente, la tomé de una película cualquiera: "el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". Ello me remite a la teoría del caos, que consiste en que en un ambiente totalmente integrado como el nuestro, la más mínima variación puede causar una consecuencia que afecte el todo. Esto, en términos humanos y prácticos, significa que la más pequeña decisión puede modificar el plan perfecto que tiene Dios para nuestras vidas.

Desperté un sábado como cualquier otro. Un poco de oración matutina, un poco de lectura, y un desayuno generoso al lado de mi familia, una familia ideal en la que todos vivimos en armonía. Esa mañana el transcurrir del día parecía perfectamente normal, con un ambiente hogareño impregnado de la presencia de Dios y en donde abunda el respeto y la armonía común. Durante el desayuno comentamos un poco de asuntos de la iglesia, un poco más del partido de futbol de anoche en el que convertí el gol con que ganamos el partido, y un mucho sobre mi viaje del próximo fin de semana. "Debes comer suficiente proteina... y durante los entrenamientos de la semana pon especial atención en el toque con la pierna izquierda, se nota un poco débil..." -comentaba mi padre sin parar, mientras le daba un sorbo al café y mordía el pan con mermelada que tenía en la mano izquierda. Yo estaba realmente contento y emocionado, estaba justo a una semana de tomar el avión que me llevaría a Londres para formar parte de uno de los grandes clubes de Europa. Mi vida era de ensueño: hacía una semana que cumplí 19 años y mi club me dió de regalo un BMW Z4 oliendo a nuevo, mi nombre estaba escrito en todas las primeras planas, en los noticieros; y en los estadios la gente coreaba al unísono mientras los niños usaban camisetas con mi nombre en la espalda. Nunca olvidaré las palabras de mi madre en esa mañana: "hijo, esta noche tenemos servicio de oración en la iglesia, y ahora que tienes el fin de semana libre, la gente esta emocionada con tenerte ahí", a lo que contesté con mi reciente apatía y soberbia un "tal vez".
En realidad no me importaba tanto ir a la iglesia, era mi último fin de semana en México y solo quería pasar un buen rato con mis amigos, tener una digna despedida. Transcurrió la tarde normal. Un poco de videojuegos, una ciesta vespertina y los arreglos para la Gran Noche.
Llegó la noche esperada. Vestí mi mejor traje, mi mejor loción, me subí a mi auto y emprendí el camino al más prestigiado club nocturno de la ciudad. Al llegar -como en todos lados- la gente inmediatamente me reconoció y me hicieron pasar por delante de todos los que llevaban tiempo esperando poder entrar.
Ya adentro me estaban esperando mis amigos y compañeros de equipo, algunos de ellos acompañados de exhuberantes modelos y actrices de esas que no saben actuar, pero que tienen el valor de pararse en el escenario semidesnudas. Yo no acostumbro beber, no me gusta el sabor del alcohol, sumado a que siempre he sido apegado a las normas de casa; esa noche era mi última noche, y no me podría perdonar irme a Londres con mi contrato de 4 años y 7 millones de libras, sin haber brindado con mis camaradas.
Llegaron a la mesa botellas de champagne, whisky y cognac. -Anda bébete una, solo para celebrar-comentó uno de mis compañeros mientras me servía una copa. Me dije a mí mismo: "solo es una, no hay nada de malo". Me levanté a bailar con una de las chicas y seguí bebiendo. Transcurrieron las horas, eran las 3 am y yo estaba completamente ebrio. El piso se movía y la cabeza me daba vueltas. Pedí las llaves de mi auto y me despedí. Uno de mis compañeros me dijo: "te pedimos un taxi, espera". Solo negué con la cabeza y caminé a la salida. Subí a mi auto. Llueve, y mi Z4 corre a 120 km/h. Siento que el auto vuela y yo me siento imponente, poderoso, "no hay nada más seguro que un auto alemán" -me digo en la mente-. La música está en máximo volumen mientras yo me abro el último botón de la camisa, siento una curva cerrada que no alcancé a dislumbrar, freno a tope, y perdí el control del auto; me acabo de estrellar. Me veo encerrado en un montón de fierros, no me puedo mover. Veo mis manos temblando, llenas de sangre; toco mi cabeza con la mano derecha y solo siento la cálida humedad de mi sangre; trato de mover el brazo izquierdo pero es inútil, uno de los fierros la tienen atrapada; Mis piernas, no las puedo mover, están libres pero no puedo moverlas. Debí acompañar a mamá al servicio de oración, fue lo último que pensé antes de perder el conocimiento.

sábado, 4 de junio de 2011

Demasiado tarde

Estaba ahi, parado, inmovilizado por el miedo, mientras por la bocina solo se escuchaba: "...hola, señor González... ¿se encuentra usted ahi? ¿Me escucha?" En ese momento no pensé absolutamente nada, simplemente no recuerdo lo que pasó durante el lapso de dos horas. Lo último que escuché fue el sonido de la bocina haciendo el tono parpadeante de ocupado. Tenía miedo, estaba temblando y las manos me sudaban como nunca; por instantes comenzaban a pasarme por la mente momentos de mi infancia, cuando papá me llevaba al fútbol, cuando me llevaban a la escuela y solía ser un niño sin problemas. Ahora mi perspectiva del mundo había dado un giro de 180 grados. El resto de ese día lo pasé en automático: contestado llamadas, ignorando e-mails y aparentando que nada sucedía. Fue hasta el final de mi jornada laboral que tomé mis cosas, me puse el saco, caminé a mi auto, y lloré. Lloré todo el camino a casa como un niño desconsolado. No sé como manejé todo el camino porque en realidad estaba en estado total de shock. Mientras lloraba pensaba en todas las cosas que viví durante mis hasta ahora 25 años. No sabía qué hacer, aunque en realidad ya no sentía mucho ánimo por nada, era demasiado tarde.
Llegué a casa con los ojos aun hinchados y enrojecidos, saludé a mamá y me enclaustré en mi habitación. Encendí un cigarro y me senté al lado de mi ventana. Pensé en un trago de whisky, pero mi estómago aun estaba inapetente y mi garganta con un nudo tan justo que a penas me dejaba respirar. Me quité la corbata, desabotoné mi camisa y la arremangué hasta arriba de los codos. Estaba sentado justo frente a la foto en la que posaba con mi diploma por aprovechamiento en quinto año de primaria, la analicé y pensé: "daría lo que fuera por regresar a ese día, o al menos por regresar un par de años atrás". Comencé a llorar de nuevo. La botella de whisky guardada en mi armario finalmente me convenció, bajé por unos hielos y un vaso de cristal que decía: "Graduados Instituto Bíblico Generación 2002". Subí las escaleras a mi alcoba  y retomé mi posición en la ventana. A través de la ventana podía ver el cielo, la luna, y por primera vez durante cinco años pensé en la inmensidad del cielo, de Dios y su obra. Serví un poco de whisky en el vaso, y me quedé mirándolo durante unos minutos, ese vaso era el recuerdo de mi graduación del Instituo Bíblico, "esos eran buenos tiempos" -pensé.
En un momento comencé a pensar en lo tristes que serían los siguientes días de mi vida, que por cierto, serían pocos. No sabía cómo iba a decirle a mis padres, pero me aterraba la idea de decírselo a Brenda, mi novia desde hace 4 años. A penas una semana antes habíamos tenido relaciones sexuales por primera vez tras mi estupidos engaños y chantajes para convencerla de que "era una manera de estar más juntos y de confirmar nuestro amor". Ella confiaba en mí, creía en mí compromiso, sumado a la gran habilidad que poséo para convencer a las personas. El solo pensar en eso me hizo odiarme. Ahora comenzaba a ver que la consecuencia de haberme burlado de Dios estaba rindiendo frutos; una vida que siempre fue exitosa, en donde siempre adquirí lo que quise y la gente admiraba mi vida como ejemplo. "En qué porquería me he convertido" -pensé-, si hubiera tenido una arma a la mano no hubiera dudado en quitarme la vida. Malgasté mi vida, las bendiciones, había tirado a la letrina la gracia que Dios me había dado. ¿Qué haré? Pensé en huir, pero eso no arreglaría nada.
Dieron las dos de la mañana, mi cajetilla de cigarros estaba vacía, y el mismo vaso que me había servido horas atrás estaba intacto. Me transporté al momento que destruyó mi vida: "yo en aquel antro, aquella extraña caminando hacía mí, nosotros bailando sensualmente durante un par de horas, en mi auto dirigiéndonos a aquel motel, y finalmente el acto que me hizo estar en el escenario tétrico en el que me encontraba ahora". Todo pasando por mi mente como fotografías taladrando mi cabeza, y poniéndome en el papel que hacía mucho no me encontraba: arrepentido.  "Sólo por un momento...", "solo por un error...", "¿porqué lo hice?", "no debí...", esas eran tan solo unas cuantas ideas que golpeaban mi cabeza de un lugar a otro, que me reventaba las sienes con tan solo recordarlo.
Estaba sentado al lado de la ventana, con la colilla del último cigarro aun en mis dedos, y con las palabras aún resonando en mis oidos: "Señor González, tenemos los resultados de su prueba de VIH... lamento decirle que resultaron positivos".

sábado, 16 de abril de 2011

No tengo tiempo.

 "Para todo hay tiempo" dicta el Ekklesiastes.
Dios es perfecto y por lo tanto su creación es perfecta respecto a sus propósitos. El día, la noche y su duración son elementos equilibrados por cuanto Él es equilibrio. Dios tuvo en su propósito tener una distribución de las cargas de manera que el hombre se desarrollara de una manera óptima, determinó un tiempo para trabajar, un tiempo para descansar y un tiempo para dormir. Dios ha tenido la voluntad perfecta de crear un planeta que diera un giro rotatorio de 24 horas, y un translatorio de 365 días, y eso, no es un error.

Alguien me dijo que conforme vas creciendo el tiempo transcurre más rápido, y segun mi percepción, es una sentencia real. Recuerdo mis días cuando era niño, no importaba nada más que jugar, y de vez en cuando hacer un poco de tarea, pero era todo; el día transcurría muy lento, daban las 9 de la noche y yo no me sentía con la mínima intención de ir a dormir, solo quería seguir jugando. Mi única responsabilidad era sacar buenas notas, portarme como un niño decente, y ser feliz, muy feliz (preferentemente). Las vacaciones eran eternas pues lo único que importaba era pasarla bien, todo el tiempo era diversión, y dedicar una hora al día (a veces menos) a la lectura o al estudio. Entonces no era problema el tiempo, era lo que sobraba más en aquellos días. Ansiaba crecer para poder salir solo a la calle, para manejar mi propio auto, para tener una linda novia como las de la tele, para ser alto y tener barba, para que en la calle me dijeran "Señor", para poder ver películas clasificación C, para trabajar y tener mi propio dinero, para ya no ir a la escuela... sin embargo, ahora las cosas han cambiado. Hoy soy mayor y puedo salir del país solo; tengo mi propio auto pero odio manejar; no tengo novia, y tampoco intenciones ni ánimo de una; tengo una barba que debo cortar diario, combinado con una piel muy sensible (es molesto); soy alto, pero sé que ya no creceré más; algunas veces en la calle me dicen Señor, en el trabajo todo el tiempo me llamán así (o también me dicen "licenciado") eso me gusta; puedo ver películas clasificación C, pero francamente, no se me antojan; tengo un trabajo que me absorbe todo el día, pero me encanta y lo disfruto muchísimo; soy profesionista, pero creo que nunca dejaré de ir a la escuela; el tiempo transcurre cada vez más rapido, los días se me van como agua, las semanas, los meses... pero de vez en vez me tomo un respiro para charlar con un buen amigo, tomarme un café conmigo mismo a solas, disfrutar un buen libro, darme un videojuego, y sobre todo disfrutar momentos de intimidad con mi Dios, platicarle cuánto le amo, y gozarme en su palabra.
Algunos días pienso: "no tengo tiempo", pero inmediatamente me cae un ladrillazo del cielo y me muestra la bondad de mi Dios al saber que todo lo que hago es respaldado por Él, y eso, mi hermano, es una enorme satisfacción. A veces quisiera tener más tiempo, pero medito, y llego a la conclusión de que lo mejor es optimizar el poco/mucho con el que cuento.
No sé si hoy el tiempo me sea suficiente, no sé si me alcancen los minutos para realizar todos los planes que tengo en mente; solo sé que HOY quiero disfrutar mi día como si fuera el último, de manera que, si mañana no amaneciera, moriría satisfecho al saber que hoy valió la pena vivir.

sábado, 2 de abril de 2011

Un Mensaje Difícil.

Era viernes por la tarde y yo regresaba de mi jornada de trabajo, que, normalmente, suele traerme cierta alegría al saber que el fin de semana está a la vuelta. Algunas veces he pensado que el viernes por la noche es uno de los momentos más felices para las personas (incluido yo) por una linda razón: es el momento de la semana más cercano al descanso, y más lejano del lunes; es decir, es el momento de equilibrio perfecto. Mi plan para esta noche: jugar playstation hasta que los ojos se me cerraran solos (un pequeño placer personal que no puedo darme muy seguido, y que esta vez, no sería la excepción).
Venía camino a casa en el camión colectivo que recorre la infinidad del Periférico, leyendo “La sombra del viento”, de Ruiz Zafón; sonó mi teléfono. Era mi madre y me traía una noticia complicada. Colgué el teléfono. De momento cerré los ojos un par de segundos y sentí un vacio en la boca del estómago, cerré el libro que aun permanecía abierto en mi mano izquierda, y suspiré.
En mi cortísima trayectoria como predicador puedo decir que había hablado casi de cualquier cosa, había tocado temas prácticos que, en apariencia, son pocas veces mostrados en un culto, razón que me ha ayudado a perder el miedo a la respuesta del auditorio. Pero esta vez era distinto.
Comencé a pensar, a meditar, a orar. Recorría mi biblia del Génesis al Apocalipsis, pasando y deteniéndome por momentos en las Cartas Paulinas, encontrando destellos de lo que pudiera ser el elemento central del mensaje que debía dar esa noche. Hasta entonces, me enfrentaba a un reto complicadísimo; consideraba aquel tema como uno de los más difíciles, por el momento que atravesarían las personas que iban a escucharme, por la situación que debía tocar, y porque para algunas personas resulta totalmente de mal gusto el hecho de hablar lo que la biblia dice al respecto.

Confieso francamente que tenía un poco de temor. No sabía qué iba a decir, o al menos, que debía decir. Bajé del camión y caminé hacia mi casa. En ese trayecto pensé qué debía hacer. Existe algo que me ha caracterizado siempre: la adicción a los retos. Lo que entonces estaba pasando era un reto nuevo, por lo que al llegar a mi casa y ver a mi madre le pude decir con toda convicción: “yo lo preparo, déjamelo a mí. Entré a mi casa y abrí mi computadora. Traté de buscar alguna referencia que fuera el parteaguas para mi mensaje pero fue inútil, perdí casi una hora y tenía el tiempo encima: debía preparar un tema sobre una situación por de más difícil, para un auditorio 80% no creyente, y solo tenía media hora. Naturalmente, hice lo que se debe hacer en estos casos, y que lo mejor sería hacerlo en todos los casos: doblar las rodillas y preguntarle al Jefe qué hacer. Oré a Dios y al abrir mi biblia me encontré con Filipenses 3:20:

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; (21) el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Vualá, tenía mi punto de partida. Una lección más a mi haber, de la cual tomé nota: “Recurrir primero a Dios; posteriormente, recurrir a lo que Dios mismo indique. Bastaron unos minutos para que las ideas comenzaran a llegar a mi cabeza, el speech se formulaba poco a poco en mi cerebro, el tema se estructuraba en mi mente como un rompecabezas que tomaba forma palmo a palmo.

Llegó la hora. Entré junto con mi gente a la casa que guardaba el luto. El ataud con nuestro Hermano en la Fe yacía en el centro de lo que días atrás fue su habittación. La imagen sepulcral del lugar hacía temblar la piel al observar el llanto de los asistentes a la ceremonia fúnebre; un fuerte olor a muerte penetraba incluso las paredes, y movía los sentimientos hasta del más fuerte. Nos adentramos en la habitación. Mi Madre, valiente, se adelantó rompiendo el silencio del lugar, al hacer una oración a fuerte voz. Aparentemente un pequeño grupo de personas comenzó a juntarse a su alrededor, escuchando con silencio y respeto algunos, otros acompañándola en ruego. Terminó mi madre diciendo: “a continuación escucharemos un mensaje”. Ahí estaba yo: con la firmeza de rostro que me caracteriza al pararme frente al púlpito, la posición erguida y la convicción de quien se para a ejecutar un tiro penal, de quien toma el balón y puede decir: “yo lo hago”. Conforme salían de mi boca palabras, aquella escena obscura y funesta se convertía en un lugar de gozo y paz; al escuchar entre la gente cada vez más “amén” tomaba la confianza de continuar, incluso de sonreir un poco. Terminé un breve mensaje de aproximadamente veinte minutos y pude ver la satisfacción en las caras de mis oyentes. Terminamos el servicio con alabanzas y cantos alegres: lo que en teoría debe ser una ceremonia seria y llena de tristeza, terminó siendo una total fiesta.

Quizás algunas personas consideraron inapropiado lo que hicimos, tal vez piensen que fue una falta de respeto. Pero en definitiva, cuando un Siervo de Dios muere, automáticamente pasa a la Presencia de Dios; y eso, es absolutamente un motivo de mucho gozo, no de tristeza. Nuestro Hermano Manuel Flores hoy se encuentra en un lugar que es mucho mejor de lo que hoy vivimos ¿Pobre Manuel? No. Pobres nosotros, por tener que continuar la carrera que, dignamente, Él hoy ha terminado.

Hno. Manuel Flores: Descanse en Paz (y seguro que hoy lo está haciendo).


sábado, 26 de marzo de 2011

Romanos 12:9. El Amor sea sin fingimiento

Es inexplicable el hecho de que algunas personas logren fingir un sentimiento único en la vida de los seres humanos. Es complicado pensar que la maldad de las personas ha llegado a tocar el punto de simular las cosas maravillosas que Dios ha hecho para que el hombre se goce; sin embargo recordemos que la principal estrategia de satanás es imitar lo que Dios hace, de manera que la gente se confunda, o bien que aberre contra lo que Dios ha establecido.
El amor, como bien sabemos es señalado en las Escrituras como una cualidad, como la capacidad de sentir aquello que Dios ha preparado unicamente para sus hijos. Eso, aquella paz que sentimos al hacer su voluntad, la tranquilidad de saber que Él está a nuestro cuidado y que todo estará bien, eso es el amor de Dios para nuestras vidas. Por lo tanto, Dios nos manda a amar a nuestros semejantes, en el famosísimo pasaje en el que cuestionan a Jesús acerca del mayor mandamiento: primeramente nos dice que debemos amar al Señor nuestro Dios, pero en segundo lugar nos llama a amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos; no obstante, Jesús acota con la determinante frase en Marcos 12:31: “el segundo es semejante...” No hace falta ser un sabio para cerciorarse de que para Dios es tan importante que le amemos a Él, como a nuestros semejantes.
Quisiera aclarar un punto clave en esto: la palabra semejantes. Dentro de la clasificación “semejantes” no solo están incluidos aquellos que conocemos como Hermanos en la Fe, sino engloba a todo aquel que, al igual que nosotros, es creación de Dios. Porque, ciertamente, es fácil amar a los que nos aman, y en ninguna forma tiene mérito hacer esto, porque incluso los incrédulos aman a los que les aman; lo difícil de esto es poder amar a los que no nos aman, es más, a los que nos aborrecen.

Volviendo al tema central, la palabra nos insta a sentir un amor sincero, sin mentiras, sin máscaras. Es maravilloso sentir la transparencia de ver a las personas a los ojos y mostrarles, sin miedo a nada, el amor que Dios ha puesto en Ti; no esperando recibir absolutamente nada a cambio, sino por el simple hecho de manifestar lo que está dentro, de liberar aquello que te inunda el alma y cuyo flujo es imposible detener. El amor es el fruto de lo que Dios ha hecho en nuestra vida: ¿haz permitido que Dios obre de forma buena? El fruto de ello es el amor. ¿No has permitido que Dios obre de forma correcta? Lo más probable es un fruto insípido y de forma indefinida.

El amar a nuestros semejantes incluye el siempre tener una sonrisa puesta, incluso para aquellos que nos atacan. La sutileza de un buen saludo adornado con una sonrisa natural, es lo que se llama autenticidad; es simplemente la cualidad de poder mostrar al mundo cuán grande es lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, es saber que siempre serás feliz sin importar lo que pueda suceder a tu alrededor.

El sinónimo de esta simplicidad es uno: Felicidad. Porque, ¿cuán mayor felicidad que el saber a Dios dirigiendo nuestra vida? El simple hecho de tener la paz de Dios, nos lleva a ser mejores seres humanos, personas que pueden dar la mejor cara a cualquier situación en la vida; personas que son capaces de ver las cosas buenas que lo rodéan, que no necesitan que el mundo gire de forma perfectamente simétrica, sino que le basta con que simplemente gire; esto es la cualidad que nos permite sonreirle a la vida, no ESPERANDO que las cosas buenas sucedan, sino PROVOCANDO que las cosas que suceden sean buenas.